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La mula sin dueño: Parte 3

2 noviembre 2018 por Daniela Rodríguez Martínez

Ha llegado la temporada en que la tierra reposa y las memorias de nuestros ancestros surgen entre conversaciones familiares. Además de recordar tradiciones como colocar una ofrenda, enflorar a nuestros difuntos o dibujar un camino con cempasúchil, las leyendas mexicanas también son una forma de recordar a los que se fueron.

Los antiguos mexicanos nos heredaron gran parte de la riqueza cultural e identidad narrativa que sigue vigente. Desde tiempos prehispánicos, existe testimonio de la existencia de criaturas como el nahual, que ha servido como inspiración para el mundo cinematográfico.

MediosUP presenta el relato “Una Mula Sin Dueño”, basado en narraciones familiares y testimonios compartidos a lo largo de las generaciones entre los pobladores de San Mateo Tecoloapan, Estado de México, así como en distintas investigaciones del tema.

Si te perdiste las primeras partes de esta historia, conócelas en Parte 1: El nahual y Parte 2: El ritual


Parte 3: La transformación

Ilustraciones: Daniela Rodríguez, NES, Mone.

Ilustraciones: Daniela Rodríguez, NES, Mone.

 

En cuanto salieron los primeros rayos de sol, la mula comenzó a despedir humo, la tierra sobre la que estaba se llenó de tizne y su pellejo caía hecho cenizas. Con gran asombro y algo de miedo, los tres hombres veían la transformación de un nahual…jamás lo imaginaron. Del interior de la mula, salió el puerquito aún vivo y sin quemarse; aquel ser parecía deshacerse. Al caer su última capa de piel, se descubrió a un hombre que no llevaba ropa encima. Jacinto fue el primero en identificarlo:

—Pero ¡¿qué hace usted aquí?!, no me diga que… —recordó su dolor de estómago— Ya decía yo que ese chicharrón tenía algo raro, nomás acérquese y échele una miradita capataz.

—Con que tú eres el afrentoso —le acusó Refugio.

—¡Es el carnicero del pueblo vecino! —Epifanio posó sus manos en su frente.

—Dispénseme, Don Refugio —suplicó el hombre—, pero le puedo explicar… es que…

—¡Ya cállate! —Le ordenó el capataz—, ‘orita mismo te pondría tus explicaciones a patadas… que ganas no me faltan… ¡Tanto velo de misterio! De saber que el nahual era un simple mortal como tú, ni me preocupo.

—¿Cómo que no se va a preocupar, patrón? Si sus carnes son las que proveen a la Hacienda y al pueblo… ¡Imagínese todo lo que no hemos comido!

—Ire, no me lo va a creer —se defendió el carnicero—, pero no lo hago por maldad. Verdá’ buena que si me dejan ir, no regreso pa’cá y les voy a traer las carnitas más ricas que hayan probado.

—¡Ya la hicimos, patroncito! —festejó Epifanio.

—¿Y tú, por qué andas robando? —cuestionó Jacinto con la voz aún temblorosa— Eso no es de gente buena y honrada.

—Dispense usted —le pidió el hombre—, es que yo no tengo cómo criar puerquitos, son tiempos difíciles y mi familia no se puede quedar sin comer.

—Mira, canijo —respondió Refugio y se acomodó el cinturón—, yo también me las he visto negras y no por eso robamos a la Hacienda. Yo también tengo críos… nomás por eso te voy a dejar ir, pero acá el Epifanio dice que ustedes tienen palabra, ¿es cierto?

—¡Seguro! —afirmó el hombre.

—Tonces te puedes ir —continuó Don Refugio—, pero no quiero que regreses por acá: ni por la Hacienda ni por el pueblo. Aquí el Epifanio ya sabe cómo pararte y no quieres que por ay te dejemos pa’ que el pueblo se entienda contigo, ¿verdad? ¡Ya me oyó! Ora jálele.

—Le juro que no vuelvo por acá, ¡palabra! —Aseguró el hombre— Si me atrapa el amanecer, me puedo petatear.

—¡No olvide su trato! —le gritó Epifanio.

El hombre se alegró al ver que Don Refugio le lanzó su sarape para que se cubriera. Acto seguido, salió corriendo por el camino.

—Ya te la sentencié, Epifanio, si el tipo regresa, tú vas a ser el responsable —aseveró Refugio.

—No se preocupe, verá que pronto nos va a dejar un regalito por aquí.

—Qué regalo ni qué nada, yo no vuelvo a comer sus porquerías —se burló Jacinto.

Al adoptar forma de animales, los nahuales suelen laborar en trabajos relacionados al cuidado de estos: pastores, carniceros, granjeros. El carnicero cumplió su palabra, no hubo más robos en las casas ni en la Hacienda.

Para Refugio, Jacinto y Epifanio, no fue sorpresa que unas noches después de lo ocurrido se toparan con una canasta llena de carnitas y chicharrón: justo en el punto donde se reunían tras las vigilancias. Jacinto, temeroso de Dios, se negó a probar de aquella comida, mientras Refugio reconocía que el crédito de detener al nahual fue de Epifanio y era él quien merecía los regalos.

Los dueños de la Hacienda abandonaron la idea de mudarse a otro pueblo y así, San Mateo Tecoloapan tuvo asegurado trabajo pa’ un buen rato.

•••

…Epifanio recordó aquella aventura con agradable nostalgia, pero decide despedirse de sus compañeros.

—Ustedes comprenderán que ha llegado el momento de irme —les dice con una vaga sonrisa—. Yo venía pa’ pedir mis carnitas, eran las más deliciosas que había probado en la vida, pero ya lo ven… lástima que me duró tan poco el gusto.

—Pos que tengas mucha suerte, fuereño, aunque con la que tienes, ni falta que te hace— Don Refugio se quitó el sombrero en señal de respeto.

—Buen camino, Epifanio —se despidió Jacinto casi lagrimeando.

—Ustedes también, pues ya ven que el miedo no anda en burro… o en mula —les sugirió Epifanio y retomó su camino.


Agradecimientos al pueblo de San Mateo Tecoloapan, a la Familia Martínez Falcón y a Néstor Martínez por compartir sus relatos. 

Ilustraciones: Daniela Rodríguez, NES y Mone.

 

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