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Hace falta ser campechano

8 octubre 2013 por
El 3 y 4 de octubre se llevó a cabo la Asamblea ordinaria del CONEICC, un organismo que conjunta casi 80 escuelas de Comunicación a lo largo del país; en esta oportunidad, el Instituto Campechano fue la sede del evento. Regularmente estas reuniones van bien y siempre hay oportunidad de intercambiar puntos de vista y experiencias con colegas, pero la fecha de partida de la ciudad se antojaba un poco conflictiva: 2 de octubre. Un día antes, el 1, los de la CNTE habían bloqueado el Boulevard Aeropuerto de la ciudad de México, además de su ya cotidiana marcha por Paseo de la Reforma, para el día 2, la ocasión era más que propicia. El pretexto: la memoria del 68 y lo que ya todos sabemos, desmanes y más desmanes. Encima de todo, el pronóstico del clima señalaba tormentas para la ciudad de la península yucateca. El vuelo salió puntual. La llegada a Campeche, sin contratiempos. Pero no había que creérsela, tarde o temprano vendrá la tormenta. Salimos a cenar varios profesores después de registrarnos en el hotel. La ciudad, muy tranquila; poca gente en las calles, eran cerca de las nueve de la noche. Encontramos un lugar un poco tentando la suerte, la gran sorpresa fue la calidad de los alimentos y el precio relativamente económico, combinación que se antoja un poco difícil de encontrar en la ciudad de México. Un poco de más gente por la calle y varios trotando a lo largo del malecón. A la mañana siguiente, reuniones de trabajo desde temprano hasta la hora de la comida, misma que se sirvió en la sede, amenizada por alumnos del Instituto Campechano. Música y bailes tradicionales; la comida, típica del lugar, a todos los presentes les agradó; el clima, soleado. Vuelta a las sesiones de trabajo, hasta terminar cerca de las ocho de la noche. El clima, aún sin tormentas. Aprovechamos para caminar por las calles del centro histórico: calles limpias, gente amable, muy atenta… los automovilistas ceden el paso a los transeúntes, que son prioridad. Al otro día, temprano, hay que aprovechar y trotar por el malecón antes de iniciar de nuevo las sesiones de trabajo. Nutrida concurrencia para hacer ejercicio, a un lado pasan los autos. Qué extraña sensación, o no tienen claxon los autos campechanos o no son tan aficionados a tocarlos como en la capital del país; todo el recorrido sin papeles, sin basura, el grafiti casi es inexistente, la gente sigue amable, no se ven indicios de tormenta… algo extraño pasa, pues un estado que casi nunca es noticia en la televisión ni en los diarios no puede ser tan tranquilo. Vuelta a las sesiones de trabajo hasta las dos y media de la tarde; ya estamos agotados, pero llegamos al final. Hay que buscar un lugar para comer, pues de los pocos vuelos que hay, el nuestro está programado a las nueve de la noche. Vamos a un sitio recomendado por los mismos lugareños: Restaurante Marganzo, comida tradicional, exquisita, no hay que decir más; está ubicado a un lado de la muralla, muestra de lo peculiar de esta ciudad que así se protegía de los ataques perpetrados por piratas; ahora es parte del paisaje, y le da un bien logrado encanto. Terminamos de comer y nos encaminamos a la catedral… ya sabía, no todo podía ser tan bueno: hay una enorme cantidad de gente, entre las voces se escucha el llanto de un niño, nadie avanza, los autos no pueden circular, hace un calor tremendo. Nos abrimos paso entre la multitud, visitamos la catedral, a la salida hay mucha más gente, pero nadie está de mal humor, nadie mienta la madre, no hay policías, ni anarquistas, a pesar de la cantidad enorme de gente, aún no hay basura en las calles que recorremos, aún no hay tormenta. Es 4 de octubre, fiesta de San Francisco, patrono de la ciudad, aniversario de la fundación de Campeche, la mayoría de las personas vestidas con trajes típicos –desde pequeños hasta gente muy mayor– platican, sonríen, no hay malas caras, parecen relajados. Inicia la música de banda, algunos carros turísticos con personas de todas las clases sociales, de todas las edades. ¿Por qué casi nunca es noticia Campeche? ¿Será porque se les ha ocurrido vivir bien? ¿Porque es una de las entidades de menores índices delictivos? ¿Porque se puede transitar y especialmente caminar por sus calles libremente? Creo que nos hace falta ser un poco campechanos, aprender a vivir mejor. Ya en el aeropuerto esperamos el vuelo a la ciudad de México. Nos dan un aviso: no está autorizado el despegue desde la capital, 30 minutos tarde… hemos vuelto a nuestra terrible normalidad.

Fernando Huerta Vilchis

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